La noche del 8 de mayo de 2026 quedó suspendida entre acordes, aplausos y recuerdos familiares en el Teatro Víctor Hugo Rascón Banda del Centro Cultural Paso del Norte (CCPN).
Un espacio cálido, engalanado por luces multicolores que evocaban la intimidad de una serenata tradicional mexicana, el Mariachi Universitario Canto a mi Tierra ofreció una presentación especial con motivo del Día de las Madres, en un concierto que terminó por convertirse en una celebración colectiva de la memoria, la identidad y los afectos.
Desde minutos antes de las siete de la tarde, el vestíbulo del recinto comenzó a llenarse de familias completas, parejas mayores, estudiantes universitarios y madres acompañadas por hijos y nietos que buscaban un espacio para compartir una velada distinta.
Algunos llevaban en las manos sus teléfonos listos para capturar el momento exacto en que sonara la melodía favorita de un amplio repertorio de 20 temas; entre ellas, popurrí de José José, de Pedro Infante, de Lucha Villa, de Conjunto Primavera y del “Divo de Juárez”, Juan Gabriel.
La expectativa crecía conforme el público ocupaba lentamente las butacas. El escenario permanecía cubierto por una iluminación tenue, mientras al fondo destacaba la esencia visual del concierto. La palabra Serenata a Mamá dominaba la escena como una declaración emocional más que como un simple título.
Cuando las luces disminuyeron por completo, el murmullo del teatro cedió su lugar al silencio expectante. Entonces apareció el Mariachi Universitario Canto a mi Tierra, integrado por violines, trompetas arpa, guitarrón, vihuela, guitarras y voces que durante los últimos años han consolidado una propuesta artística vinculada con la preservación de la música mexicana tradicional desde la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ).
Ataviados con elegantes trajes negros de inspiración charra, las y los integrantes fueron recibidos con un aplauso inmediato. Al centro apareció el maestro Jaime Mata Nevárez, director del conjunto, cuya presencia marcó el inicio formal de una noche profundamente emotiva.
La primera interpretación abrió paso a una atmósfera de nostalgia. Las trompetas resonaron con fuerza en el recinto mientras las guitarras y el guitarrón construían una base sonora sólida y envolvente. La respuesta del público fue inmediata: algunas personas comenzaron a cantar desde sus asientos; otras simplemente cerraron los ojos para dejarse llevar por las melodías.
El concierto avanzó como una conversación íntima entre el mariachi y las madres presentes. Cada canción parecía despertar una historia distinta. Hubo quienes recordaron serenatas antiguas, quienes evocaron reuniones familiares en patios y cocinas, y quienes encontraron en las letras un puente hacia personas ausentes.
Lejos de limitarse a la ejecución técnica, el espectáculo apostó por la conexión emocional. El maestro Jaime Mata Nevárez dirigió cada pieza con precisión, pero también con sensibilidad escénica. Sus movimientos marcaban entradas exactas y cambios de intensidad, aunque por momentos parecía más un narrador silencioso que un director tradicional. Bajo su conducción, el mariachi logró equilibrar potencia interpretativa con momentos de delicadeza sonora.
Uno de los instantes más significativos ocurrió cuando el público iluminó discretamente el teatro con las luces de sus teléfonos móviles durante una interpretación dedicada a las madres, el tema Moriré en el río, del grupo de estilo calipso rock originarios de Ciudad Juárez, Chihuahua, Los Silver.
La imagen transformó el recinto en un mar de pequeñas luminarias que acompañaban el ritmo de la música. En las primeras filas podían observarse rostros conmovidos, abrazos espontáneos y lágrimas discretas.
La velada también funcionó como una reivindicación cultural del mariachi universitario como espacio de formación artística y preservación identitaria. Más allá del entretenimiento, el concierto evidenció el valor de las agrupaciones musicales universitarias como plataformas capaces de acercar las tradiciones mexicanas a nuevas generaciones.
En distintos momentos, el público respondió con ovaciones prolongadas. Las voces principales alternaron interpretaciones cargadas de intensidad con otras de tono festivo que provocaron palmas acompasadas y sonrisas generalizadas entre los asistentes. La conexión entre escenario y audiencia fue creciendo conforme avanzó el repertorio.
La acústica del Teatro Víctor Hugo Rascón Banda permitió apreciar con claridad cada sección instrumental. Las trompetas sobresalían con brillo ceremonial, mientras las cuerdas sostenían la profundidad emocional de las canciones. El equilibrio sonoro reforzó el carácter íntimo del recital pese a tratarse de un recinto de gran formato.
La presentación confirmó también la capacidad del arte para reunir generaciones distintas bajo una misma experiencia emocional. En una época marcada por la inmediatez y las dinámicas digitales, la serenata universitaria recuperó la pausa, la escucha compartida y el valor simbólico de la música en vivo.
El cierre del concierto estuvo acompañado por una de las ovaciones más largas de la noche, con la aparición especial de Luis Ángel Pérez Pereyra, en conjunto con la Compañía de Danza Folklórica y una de las bandas de la UACJ y así deleitar obras de uno de los cantautores más sobresalientes a nivel internacional, Alberto Aguilera Valadez, como El principio, Por qué me haces llorar, Hasta que te conocí, Querida y Amor eterno.
El público permaneció de pie mientras las y los integrantes del Mariachi Universitario Canto a mi Tierra agradecían la respuesta de los asistentes.
La Serenata a Mamá no sólo representó un concierto conmemorativo. Terminó por convertirse en un encuentro emocional donde la música tradicional mexicana recuperó su dimensión más humana: la de acompañar afectos, reconstruir memorias y celebrar la presencia de quienes históricamente han sido el corazón de innumerables hogares.
En una ciudad fronteriza acostumbrada al ritmo acelerado y a las tensiones cotidianas, se ofreció una pausa luminosa. Entre guitarras y voces de mariachi, el escenario de la urbe recordó que la cultura también puede ser refugio, identidad y abrazo colectivo.




